Restauración del Tabernáculo de David


Renovación del corazón.

El tabernáculo de David se refiere a aquella tienda que David levantara para colocar el Arca de Dios en el Monte Sion, una tienda sin gran pompa, muy distinta al tabernáculo de Moisés, sin velo, ni atrio, pero muy importante para el Señor.  Porque a Él no le importaba cómo era aquella tienda, le importaba porqué David quería poner el Arca del pacto en ella.  


No era el tabernáculo, no era la alabanza, no eran las danzas, ni los instrumentos…  era el corazón de David lo que al Señor le agradó… eran sus sentimientos hacia Él… era "el amor" que le mostraba con el tabernáculo, las alabanzas, las danzas y los instrumentos.

La restauración del tabernáculo de David no se refiere a la renovación de la alabanza, se refiere a la restauración de ese corazón donde surgía la alabanza… se refiere a la restauración de ese corazón donde se posó la presencia de Dios,  porque era un corazón conforme al corazón de Dios”…  la restauración de aquella conexión entre Dios y David, aquel corazón sentimental que brincaba de alegría en la presencia del Dios altísimo, gritaba de júbilo ante las maravillas de su creador y clamaba llorando a mares por el perdón de su Señor… ese corazón que se salía de los estándares y rompía con las reglas humanas, con tal de agradar al Padre.   La restauración del Tabernáculo de David se refiere al levantamiento de aquellos hombres y mujeres que no se dejan domar por nadie con tal de expresar sus sentimientos a su amado, aquellos que no les importa si se hacen viles delante de los demás porque  todo lo hacen delante de Él y para Él.


La restauración del tabernáculo de David derribará los argumentos y filosofías humanas, romperá los estándares y tradiciones, quitando todo dique que impide el fluir del rio de Dios que debe brotar en los verdaderos creyentes, porque es ahora cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en Espíritu y Verdad.  

Luchando por los débiles



Ideales correctos, lucha incorrecta:

A menudo en el mundo se lucha por ideales correctos, se defienden los derechos de la mujer que ha sido sometida al machismo durante siglos, se defiende las tierras de los campesinos que un día fueron propiedad de sus ancestros, se defienden a los obreros oprimidos por los jefes millonarios, se lucha contra el racismo y la discriminación, se instituyen sociedades de protección animal, se enseña a los padres a no pegar a sus hijos y darles mayores libertades, se defienden los alimentos sanos y se lucha contra la obesidad…  en fin, se trata de defender al débil de una u otra manera.

Sin embargo, el espíritu del mundo utiliza estos problemas para desviar los pensamientos del hombre.   La obsesión toma el control, la ira se posesiona de los corazones, sangrientas guerras surgen a raíz de esa ira; el deseo se convierte en lucha, y la lucha en una consigna de pleito.   La lucha contra la obesidad da como resultado la bulimia y la anorexia; las mujeres se sublevan de los machos pero los divorcios que Dios aborrece (Malaquías 2:16) crecen exponencialmente, el aborto se convierte en la salida de los embarazos no deseados y el sida surge como hito de la libertad sexual, los sindicatos llevan a la quiebra su fuente de trabajo, la psicología enseña a los padres a no pegar con ninguna cosa a sus hijos, pero los niños se hacen más desobedientes, cumpliendo la profecía la Palabra del Señor donde dice que en los postreros días habría muchos desobedientes a los padres (2Timoteo 3:2); las pandillas se expanden como espuma y la sociedad se desangra ahora no por el problema sino por la solución.

Jesús dijo: …porque separados de mí nada podéis hacer (Juan 15:5) y el mundo ha puesto a un lado al Señor, pues han creído que su lucha se libra aquí en la tierra, pero se han olvidado que la lucha contra la injusticia fue librada en la cruz del calvario y se concluirá el día que Jesús venga otra vez.

Nuestra primera oración debe ser “ven Señor Jesús” (Apocalipsis 22:20), porque cuando esto suceda, Él enjugará toda lágrima, no habrá más llanto ni dolor, la injusticia cesará y reinará la justicia y la equidad; y para mientras que esto suceda oremos por los débiles, extendámosle una mano mostrándoles al Maestro, seamos el buen samaritano, enseñándoles a Cristo en sus vidas, y Él será su cimiento en medio de las tormentas, que no los dejará caer.

El poder de Su resurrección



El poder de Su resurrección.


Filipenses 3:10  a fin de conocerle, y el poder de Su resurrección, y la participación de sus padecimientos, llegando a ser semejante a Él en Su muerte...


El poder de Su resurrección sobrepasa todo poder conocido, sobrepasa aún los mismos milagros que Jesús hiciera sanando enfermos, quitando lepra, pagando impuestos de la nada, sacando fuera demonios o caminando sobre el agua.  Ese poder es el poder que levantó de los muertos a Jesucristo, quitó la piedra de aquella cueva, simplemente para mostrar que esa tumba se encontraba vacía; es aquel poder que lo hizo sentar en el trono del Padre, ese poder que no tiene obstáculo alguno, ese poder que sale victorioso aún contra la fuerza más poderosa del universo: la muerte.


Sin embargo, así como para ver esas maravillosas madrugadas con celajes de coloridos impresionantes, primero debemos pasar por las tinieblas de la noche, o para valorar la abundancia del Señor, primero debemos conocer la escasez, o como para gozar la salud, primero debemos haber estado enfermos… para resucitar, primero debemos morir, porque para conocer el poder de esa resurrección, primero debemos llegar a ser semejantes a Él en Su muerte.


Al final, el último enemigo que será destruido es la muerte (1corintios 15:26), y el poder de la resurrección vencerá dándole el golpe final.  ero mientras esto sucede, y mientras morimos cada día, tomando nuestra cruz (Lucas 9:23), Ese poder nos motivará a ir a la Gólgota menospreciando la verguenza, sabiendo de antemano que después de la cruz hay algo supremamente mejor. Debemos tener fe en ese poder (Colosenses 2:12), porque ese poder obrará por nosotros, haciendo en nosotros lo que es agradable para Dios (Hebreos 13:20-21), levantándonos de los muertos, no solo al final de los tiempos, sino también en esta vida, dándonos vida en abundancia.  Amén.

La Caída de Dagón



La caída de Dagón


Aquél día el Arca del pacto había entrado, no importa cómo, a la casa de Dagón, el dios pez de los filisteos, los enemigos del Señor.   La presencia del Dios Altísimo se encontraba morando en su casa y la guerra que generalmente se desarrollaba en los cielos, ahora se había mudado a ese relativamente pequeño lugar…  la casa de Dagón.    Pero Dagón no pudo soportarlo más… no pudo mantenerse en pié delante del Señor y tuvo que postrarse ante el Dios Todo Poderoso.  Sin embargo, sus seguidores, los adoradores de las cosas de este mundo, lo levantan al amanecer del otro día y el pobre diosecillo, sin tener el poder para evitarlo, tiene que caer postrado nuevamente, nada más que ahora, sin manos y cabeza, demostrando que ante Dios, nada ni nadie puede quedarse de pié sin caer ante Su presencia, porque siempre y para siempre, la victoria es del Señor.  (Lectura: 1Samuel 5:1-7)

Los dioses de este mundo, ego, lujuria, mentira, lisonja, amor propio, venganza, rencor, dinero, fama, y poder,  o aquellos amores que toman el trono del corazón del hombre, tales como madres, hijos, casas, familia, y propiedades, entre otras cosas,  no pueden mantenerse de pié delante de la presencia divina.  Por lo tanto, cuando Dios entra en aquel corazón, que hasta ahora era un templo de Dagón, tarde o temprano indefectiblemente, botará esos dioses delante de Su presencia, los decapitará, y derrotará delante de Su gloria. No hay otro fin para esos dioses cuando Dios entra en aquel corazón, solamente la derrota y la destrucción.

Sin embargo, como nadie puede servir a dos Señores (Mateo 6:24), aquellos filisteos, aun viendo el poder de Dios, no pudieron soportar ver la capitulación de su dios caído y  humillado, no pudiendo hacer otra cosa más que sacar al Arca de Dios de su pueblo, de su casa, pues amaban más a su señor de la niñez, que al Rey de reyes y Señor de señores…  amaban más aquel medio pez, que al Creador del universo… amaban más a aquella estatua de piedra, que al Dios que había entrado en sus vidas.     Pero lo más triste y lamentable de todo esto es que la historia vuelve a repetirse, pues habiendo hoy en día un sinfín de cristianos con corazones que amando más otras cosas que a Dios, después de haber visto el gran poder del Altísimo derrotando los ídolos de su corazón, vuelven la vista y con melancolía empiezan a añorar aquellos años cuando el objeto de su adoración estaba sentado en el trono de sus vidas.  Recuerdan los tiempos cuando el ego era su propósito en la vida, la lujuria su secreto más oculto, la mentira su forma de salir de los problemas, la lisonja el arma más sutil para ganar todas sus riquezas, el dinero la forma más práctica de adquirir las cosas de este mundo, y se deciden a tomar el Arca del Señor, y ponerla afuera, para dejar de someterse a la santidad y la justicia, deciden hacer a un lado al Dios que los llamó, dejando la obediencia.  No obstante, aquel dios al ver que el Espíritu del Señor ya no se encuentra más en su antiguo templo, va y busca otros siete peores que él y toman posesión de aquella vida, esclavizando ese corazón peor aún que antes (Mateo 12:43-45). 

No volvamos atrás otra vez hermanos, porque nadie que ama padre, madre, cónyuge o hijos más que al Señor  es digno del Señor (Mateo 10:37), pero cualquiera que haya dejado casas, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o mujer, o hijos, o tierras, por el nombre de Jesús, recibirá cien veces más, y heredará la vida eterna. (Mateo 19:29), porque habrá derrotado al Dagón que tenía en el trono de su corazón y éste jamás se levantará.  ¡Adelante pueblo del Señor! Que la victoria es de Él. Amén.

la falsa libertad


La Historia de "Toy"

Aquel perrito había tenido suerte…  era alimentado diariamente con la mejor comida para perros. Vivía en una granja de dos hectáreas que se encontraba en los suburbios de la gran ciudad, en la que no le faltaba lugar para corretear y sobre todo, era amado por sus amos como ninguno; su nombre era "Toy".   

Aquel caniche nunca había andado por las calles, nunca había tenido que buscar su comida por su cuenta, ni había tenido que dormir bajo la lluvia buscando refugio en algún arbusto.   No sabía nada de la calle, pero se pasaba las horas viendo por debajo del portón metálico de la entrada de aquella granja, donde solamente podía imaginarse, las vibrantes emociones que le aguardaban allá afuera.   
Quería estar afuera y poco le importaba que su vida fuera como era.  No quería estar preso en aquella libertad, quería ser libre de paredes y de cercas, atraído por su instinto animal.  Su deseo era salir de aquel lugar y emprenderse a la aventura conociendo nuevos horizontes haciendo su propia voluntad.
 
Hay perros callejeros que se mueven por la vida, sabiendo andar en basureros, haciendo al viento y las estrellas sus amigos, cruzando esquinas mejor que los humanos, subiendo pasarelas y hablando el mismo idioma del semáforo.   Con destreza de vivir en los barrancos, cazando y luchando por la vida.  Esos perros son expertos en vivir como ermitaños, perros sin un dueño, libres como el viento para andar como ellos quieren. 

Aquel caniche quería ser como eran ellos, libre de las órdenes del amo, y andando por las plazas haciendo lo que ellos se veía que hacían tan felices.   


Un día, en medio del descuido de uno de sus amos, al abrirse aquella puerta, no pudo resistirse y salió corriendo hacia la calle, tras hacer su sueño realidad.   Al correr sin ataduras por aquel lugar, pudo ver las maravillas que antes solo desde lejos podía contemplar, aquel hermoso pavimento de empedrados de muchas formas y tamaños, nuevos ruidos y olores que lo hacían diferente, nuevas experiencias que excitaban su pequeño corazón.  De pronto, desde lejos un ruido nuevo y portentoso comenzó a surgir como emanando de la calle, que haciendo vibrar el piso en sus patas, llamó su atención y levantando la mirada vio aquella grande máquina descender directo hacia donde él estaba; tomó aliento, preparó sus piernas para que corriendo pudiera acercarse hacia aquella enorme cosa que venía aproximándose hacia él.   Aquella cosa se acercaba cargado de unas llantas que rodaban incansablemente que llamaron su atención, eran asombrosas y rodaban mágicamente, por lo que quiso ir a rodar con ellas.   Corrió sin miramientos, sin saber a dónde iba, emocionado por lo nuevo, queriendo aprovechar cada momento, corrió sin ataduras pensando que era lo mejor que le había pasado en su corta existencia. Mientras él Llegando estaba a aquellas ruedas, la máquina sonaba con más fuerza, haciendo estrepitosas explosiones, aquel amo que hace unos instantes había despreciado, corriendo tras de él hacía señas con las manos, mostrando su rostro afligido haciendo gestos desesperado por detener a aquel camión.   

La máquina se detuvo justo a un centímetro de aquel, que hasta allí no había entendido los peligros de aquella libertad que tanto había añorado.


A veces en la vida, vivimos al abrigo de aquellas cercas que impiden que seamos como el mundo; muros que abrazan nuestras vidas protegiéndolas de aquello que por dentro quisiéramos tener.  Gente que nos ama, pero nos parece insoportable.  No entendemos los peligros de aquella libertad que tanto deseamos.

Tal vez aquellas cosas que obstaculizan nuestros sueños y anhelos, son vallados para nuestras almas para no perdernos en tinieblas.  Creemos que podremos vivir allá afuera, sin sufrir las consecuencias.  Jóvenes cristianos que creen que pueden hacer lo mismo que hacen los del mundo, quieren vivir allá afuera siendo libres, quieren dejar de ser esclavos de sus padres y ya no quieren oír que se les diga qué tienen o qué no tienen qué hacer.  Quieren ser libres y se convierten en esclavos de placeres… se convierten en esclavos del pecado.  

Dijo entonces Jesús a los judíos que habían creído en él: Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos;  y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres.  (Juan 8:31-32)   …Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres (Juan 8:36).

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