¿Me amas?



¿Me amas?


 El amor de Dios es indiscutible… ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada puede contra ese amor tan impresionante (Romanos 8:38-39)...  Dios nos ama y punto.  


Sin embargo, la pregunta es si nosotros le amamos; porque nuestro amor por él es algo completamente distinto.  Nosotros llegamos a amarle al descubrir cuánto nos ama (1Juan 4:19); pero muchas veces somos tan egoístas que lo único que nos interesa es lo que podemos conseguir de Él, y el amor nunca busca lo suyo.  Buscamos bienes, salud, seguridad, éxito y muchas otras cosas más que Él nos puede entregar sin ni siquiera dudarlo un ápice, pero lamentablemente ésta búsqueda no es por amor a Él.    


El primer mandamiento es que amemos a Dios sobre todas las cosas (Mateo 12:30), porque eso es lo más importante.  Si amamos a Dios todo nos saldrá bien (Romanos 8:28), guardaremos sus mandamientos (Juan 14:15), seremos fuertes (Jueces 5:31), recibiremos misericordia  (Deuteronomio 5:10),  seremos defendidos (Salmos 5:11), seremos prosperados de verdad (Salmos 122:6), recibiremos la gracia del Señor (Efesios 6:24), y hasta venceremos tentaciones (Santiago 1:12), porque cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman (1Corintios 2:9).


Hoy en día el Señor te hace aquella misma pregunta que le hiciera al apóstol Pedro (Juan 21:15), al descubrir el gran amor con lo que Jesús le había amado:  

 ¿me amas?

y te toca a tí contestarlo... 



 

Vendedor de tentaciones



VENDEDOR DE TENTACIONES


Y vio la mujer que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría; y tomó de su fruto, y comió; y dio también a su marido, el cual comió así como ella. Génesis 3:6.



Él estaba totalmente resentido, esperando poder meter su mano en aquella maravillosa creación… planificó su venganza… usó sus impresionantes dones que le hacían orgulloso de sí mismo.  Sabía que era un vendedor impresionante, hecho demostrado cuando atrajo hacia sí mismo la tercera parte de los seguidores de su acérrimo enemigo.  Él sabía que era un ser sumamente carismático y nadie podía convencerlo de lo contrario.   Así que animado con esa autoestima, hizo su estudio de mercado para detectar las necesidades de consumo de su grupo objetivo, estableciéndolo mediante el propósito optimista de derribar al máximo emblema de la creación de la tierra.   

Fijó su estrategia paso a paso, teniendo que presentarse con el cliente, haciendo una presentación del producto con el objeto de cerrar el trato.  El producto no era tan importante, lo que importaba era cómo hacerlo atractivo para la vista, así que se concentró en vender aquel fruto que les era prohibido, porque tenía la ventaja de que lo prohibido es lo más fácil para vender, por lo que se puso a trabajar.   Primero estudió a la mujer, su forma de ser, el tiempo en que paseaba por el huerto y pasaba cerca de aquel fruto, luego pudo distinguir sus preferencias y fue entonces cuando pudo estar seguro que estaba lista para venderle aquella tentación.   


Hoy en día el vendedor de tentaciones continúa estudiando nuestras preferencias, analizando aquellos productos prohibidos que nos puede ofrecer…  luchando por hacer que aquellas cosas aparenten lo mejor…  no le importa el producto que nos vende, no importa si verdaderamente es atractivo, él lo hará atractivo con sus palabras...nos seducirá si se lo permitimos.
  
No nos conviene comprar algo que él nos venda, por eso solamente alejémonos de cualquier publicidad que nos trate de ofrecer…  aléjate de aquello con lo que él te puede vender la tentación y jamás te hará caer. 

A tu casa voy a ir...


La historia de Zaqueo:


No podía ser tomado en cuenta en la élite del Señor, pues era pecador y sabía que no conseguiría hacer otra cosa que solamente esperar poder verlo desde lejos.  Aunque no se perdería tal evento… aquel santo hombre pasaría por allí.

El momento había llegado, y la multitud que venía caminando por la calle delataba el paso del Maestro que él quería conocer…  trató de escabullirse entre la gente pero su esfuerzo, una y otra vez se volvía más que infructuoso todavía. 

Su baja estatura le impedía verlo desde afuera del gentío que seguía caminando al ritmo del Rabí.

No encontraba una solución, pero para él la terquedad era un defecto que volvía en su pericia.  Su insistencia era un don que no le hacía derrotarse, aunque las virtudes de su físico no favorecían para nada en aquella empresa que había puesto en su intención.

Tal vez brincando podría verle aunque sea en un instante; pero sus ojos no llegaban a alcanzar sobre los hombros de ninguno.   

Tal vez subiéndose en algo –pensó rotando su cabeza y buscando con sus ojos algo en que pudiera encaramarse, escogiendo aquel sicómoro, familia de la higuera, que tenía ramas por doquier y muchas hojas que sabía le esconderían de los ojos de los que andaban por allí.

Las ramas se movían al ritmo del viento de la tarde; la algarabía del gentío que pasaba en esa calle, no apagaban la visión que en ese momento le hacía arder el corazón… lo había logrado y al fin estaba viendo aquel Maestro de maestros, el que le habían contado que el Mesías bien pudiera ser. 

Allí estaba mirando embelesado, cuando de pronto aquel Señor al que observaba, se detuvo de improviso, poniendo sus ojos hacia el árbol donde se encontraba en ese instante y a aquel por un momento el corazón se le detuvo, al escuchar su nombre de los labios del Señor que le decía –Zaqueo, bájate de allí, porque a tu casa voy a ir.

Porque a Él no le importaba cómo se veía o cuánto él medía, a Él no le importaba si tenía o dinero no tenía.  En los planes de Jesús estaba entrar en esa casa, porque Zaqueo, aunque era pecador para Él era importante, precisamente porque era pecador, y no solo porque lo era, sino también porque ya no quería ser un pecador.

Jesús sigue diciendo hoy en día –a tu casa voy a ir (Apocalipsis 3:20), pero solo aquellos que se sienten bajos de estatura, aquellos que reconocen sus impedimentos para estar delante de Él, aquellos que tercamente le buscan no mirando los estorbos, aquellos que se esfuerzan contra todos los pronósticos, oirán el llamado a la puerta de su corazón y seguramente le abrirán con toda su intención.    







 

Perdónalos.. porque no saben lo que hacen


Jesús si sabe perdonar
Y Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen. Y repartieron entre sí sus vestidos, echando suertes. Lucas 23:34.


Los insultos y las bromas, las humillaciones y los golpes recibidos, el dolor que le infringían en su cuerpo y en su alma, no pudieron detener el amor que les tenía; no pudieron quebrantar el perdón que desde su interior les ofrecía… simplemente con increíble compasión Él repetía, que Dios les perdonara pues no sabían lo que hacían.

No eran solamente unas palabras que salen de la boca de cualquiera; era la voz del que sabe perdonar, más fuerte que los palos y las cruces, más poderoso que el dolor y la tristeza, más grande que el rencor y la amargura.  Porque Jesús no era solo enseñanzas de las buenas, era ejemplo en medio de las penas.


Dicen por allí, que perdonar es importante, y olvidar indispensable; pero qué gran superhombre puede hacerlo sin chistar, o quién de los mortales puede ser experto en olvidar… pareciera que han pedido lo imposible y que es necio el intentarlo realizar.


Jesús sabía perdonar, pues se había hecho hombre como todos los demás, viviendo en nuestra misma y menesterosa humanidad, pero había hecho sentido a lo que era en realidad; poder hacer, del Padre, Su santa voluntad.  


Jesús sabía cómo perdonar, porque comprendía nuestra gran indignidad… sabía cómo perdonar, por que se ponía en mi lugar.  Él se puso en el lugar de aquellos que humillándole lo llevaron a la cruz, los entendió porque no sabían qué hacían en verdad. 

Porque el “perdón” es un don que nace de la comprensión y  “olvidar” una gracia que surge del que sabe perdonar.

Tú también perdona, porque ellos no saben lo que hacen...



Cuando el Maná cesa de caer



Cuando el maná cesa de caer

Y el maná cesó el día siguiente, desde que comenzaron a comer del fruto de la tierra; y los hijos de Israel nunca más tuvieron maná, sino que comieron de los frutos de la tierra de Canaán aquel año. Josué 5:12 

Un día… aquello que se ha convertido en “lo común y lo corriente”, en un chasquido ya no existirá; ese día… extrañarás aquellas cosas que normal te parecían y te encontrarás en ese momento donde la única decisión que puedes tener, es conquistar tu tierra prometida y avanzar; trabajar por tu sustento sin dejar de continuar.

Llega el momento de crecer y madurar… el tiempo de dejar el vientre de tu madre dando paso al nacimiento; ese día de dejar de gatear y comenzar caminar; el momento de pasar de niño a joven y desde la juventud cruzar el umbral de la madurez; ese momento de abrir los ojos para descubrir lo que era un milagro que caía día a día y que ahora ya no es.

Es el tiempo de las encrucijadas, el tiempo de tocar trompeta y continuar de caminar… es el tiempo de salir de tu zona confortable y cruzar en seco ese río de las dudas.  Es el tiempo de obediencia ciega, dando vueltas sin sentido a ese lugar que Dios te ha enviado a conquistar.

Es el tiempo de la audacia y valentía, de tomar las riendas de las cosas y domar lo indomable. el tiempo de perder, para ganar, el tiempo de llorar para al final reír; Porque es ahora cuando falta lo infaltable, cuando se transforma lo normal en anormal, cuando lloras lo perdido y Dios te dice: deja de llorar a tu Saúl… cuando el maná cesa de caer, nuevas cosas están por suceder, proezas impensables pueden ocurrir…  porque cuando el maná deja de caer, es seguro hermano mío, es seguro;   ¡lo mejor está por comenzar!